Pepe Arenzana

Historias de un Boniato Mecánico (A Clockwork Sweet Potatoe's Stories)

Un as en la manga

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Preparando la 'embarcación'... (Foto: ABC)

Preparando la ‘embarcación’… (Foto: ABC)

¿Qué tienen en común los inmigrantes que vemos en las vallas de Ceuta y Melilla? La realidad es terca y a menudo se nos presenta tan desnuda como el aire y tan obvia como el sol radiante. Pero sabemos que los prejuicios, las ideas preconcebidas, como los mitos, como las leyendas (¿acaso no nacen unas y otras en el mismo retortero de nuestros caprichosos corazones?), son indestructibles… o casi.
Nadie dará su brazo a torcer. No venimos programados, pero sí predispuestos para tropezar mil veces en la misma piedra. La soberbia, el dogmatismo y tantos otros males, convenientemente espoleados, nos empujan a creer que claudicar, rendirse (incluso ante la evidencia) es algo deshonroso, feo, es vergonzoso, es cobarde… Lo grave de todo esto no es equivocarse, sino, como alguien dijo, encariñarse de la piedra misma que nos hace tropezar, porque a partir de entonces ya no somos ciudadanos, en el sentido de personas que aspiran a superar obstáculos, sino entes poseídos por un afán idiota de abonarse a un naufragio permanente.
La utopía es siempre ambivalente, capaz de extraer de nosotros mismos el deseo de mejorar la realidad que nos envuelve, pero también de convertir cualquier impulso en una pesadilla absurda contra la razón. La utopía puede ser una bandera que avive nuestro ingenio, pero también a veces es la última frontera en la que perder el contacto con el juicio y la razón.
Seres que se cansan de pensar y por tanto destinados a obedecer lo que deciden otros o a nuestros prejuicios. Seres asustados, con miedo al qué dirán y a ejercer la libertad. Nuestro grado de desobediencia es artificioso, irreal, impostado, falso… Está controlado y sólo muestra una inaudita disposición a… obedecer.
“Sé desobediente”, nos dicen todas las revoluciones. “Rebélate”, proclaman sus caudillos. Y entonces mucha gente, como seres obedientes (aunque inconscientes), ejecuta, hasta con entusiasmo y devoción, esa orden que parece liberarles de un pecado original.
Alcanzada esa colina, el individuo se convierte en digno miembro de la estirpe, del rebaño de los falsos utopistas, gregario de la impostura fenomenal que no dejará jamás que la realidad le arruine sus gritos de inconformista gremial. Ahora pertenecen ya al ejército de los indignados, de los ofendidos, de los damnificados, de las víctimas de una injusticia colosal. Lo que gritan es, tal vez, una bobada, pues los hechos desbravan su impostura y los datos de la realidad le desmienten en casi todo, pero esto es lo de menos.
El grito de la utopía les redime, les libera, les convierte en héroes (nunca mártires, ni por asomo), les aglutina, les refuerza, les cohesiona como si fuese un himno. Obedecen como una tropa ciega la orden de ‘desobedecer’. Practican la revolución obediente. Todo, cualquier cosa, antes que pensar.
Pero volvamos a lo que nos ocupa, sin pasar por alto las recurrentes coincidencias de estos alborotos con gobiernos del PP. No es que durante los gobiernos del PSOE no se produzcan intentos de asalto a las vallas en Ceuta y en Melilla o que se reduzcan las llegadas de pateras, no, y ahí están los graves sucesos de 2005 y las hemerotecas para acreditarlo, pero los sectores utopistas se envenenan, se vuelven más propensos a la propaganda maliciosa, al posicionamiento, a los juicios de valor y a la tergiversación masiva de lo que acontece hasta convertir cualquier incidente en asunto trascendental de la agenda informativa cuando, en otras circunstancias, no pasa de ser un aburrido y viejo asunto que no les interesa un cent. Como si oyeran llover.
Ya hemos visto en un capítulo anterior que el primer requisito que reúne a todos esos inmigrantes es el de que se trata siempre (casi al 100%) de personas con unas condiciones físicas fuera de lo común, lo que demuestra, sin el menor resquicio de duda, que no llegan hasta allí impulsados por el hambre como imaginan los compulsivos ‘samaritanos’ ideologizados y les gusta proclamar.
Vienen porque les da la gana, porque han oído, les han dicho o han creído que podrían encontrar alguna posibilidad de mejorar, quién sabe si de triunfar, entendiendo por triunfo lo que a cada cual le apetezca entender. Y eso es tan legítimo como cualquier otro propósito, pero, ¡ojo!, nadie puede olvidar que hay que cumplir con los requisitos formales necesarios en cualquier país del mundo. No hay más.
Por ejemplo, este boniato mantiene una amistad desde hace años con un joven maliense al que conoció en uno de los dos viajes que ha realizado por Malí, en ambos casos hasta la ciudad de Tombuctú, allí donde se inicia el infinito desierto del Sahel que separa el África Negra del Magreb musulmán.
Isa (que así se llama el buen amigo) vive ahora en Bruselas, felizmente casado, pero rondaba los 17 años cuando vino a Europa por primera vez. No precisó de aventuras desproporcionadas para alcanzar el territorio soñado de otros miles de compatriotas, ya que llegó con una invitación bajo el brazo por seis meses y con los gastos pagados para aprender español. Fue el premio que obtuvo por prestarnos su ayuda como guía y soporte logístico durante nuestros días de estancia en aquellos remotos lugares.
Cuando quisimos negociar con él un precio por los servicios prestados, me respondió:

– Mándame, cuando llegues a España, un diccionario. Para seguir mejorando mi español.

Me dejó planchado. Y no sería la última vez en aquel viaje. Y posteriormente, mucho más.
Procuro ahorrarme ahora muchos de los pormenores y vicisitudes que adornan la vida anterior de aquel muchacho y su paso por Europa, pero dejen que este boniato anote que Isa había sido esclavo hasta los 14 años en un caravensarai tuareg, hijo de una esclava negra cuya misión en aquella recua no era otra que la de preparar las comidas del grupo.
A pesar de su corta edad y de los escasos años que llevaba fuera de aquel trajín caravanero, Isa había aprendido, no pregunten cómo, a manejarse en una decena de idiomas y dialectos, no sólo las lenguas propias de su entorno (árabe, tamazigh o tamashek, bambara, peuhl…), sino también en francés, español, inglés, italiano, algo de japonés… En fin, Isa (equivalente de “Jesús” en lengua árabe), era un prodigio de inteligencia aplicada al don de lenguas y al espíritu de supervivencia que parecía ungido por el Espíritu Santo para comunicarse con cientos de millones de personas en cualquier hemisferio del planeta, con independencia del ángulo en el que un plano pueda cortar el globo terráqueo en dos mitades casi iguales.
Así pues, en compañía de Isa, este boniato tuvo la ocasión de conocer y testar muy de cerca las razones y motivaciones profundas que un africano escogido al azar puede albergar para llegar a las costas de Europa y cuáles las razones para retornar a su país de origen.
Para el amigo Isa, su estancia en España supuso algo así como nacer de nuevo. Jamás había visto edificios de esa altura ni podía soñar que un tren circulara por debajo de tierra en nuestras ciudades. Se asombraba al contemplar el mar por primera vez lo mismo que no podía creer la polimórfica presencia de animales de aspecto prodigioso como crustáceos y moluscos. Aprendió, admirado, tras pausadas charlas y pacientes explicaciones, que es la Tierra la que gira alrededor del sol y no al contrario, a la vez que suspiraba de emoción al ver repletas las estanterías de los hipermercados y comprender su funcionamiento.
Se abrumaba ante una pantalla de cine y ante una tragaperras en la que había que conducir un vehículo. Supo también que los ‘tubabu’ (hombres blancos) han de levantarse cada mañana a trabajar para alimentarse y desmintió, al fin, que ‘los blancos’ tuviesen, como siempre habían pensado él y los suyos, una maquinita de fabricar billetes en su casa que les permitía disponer de más dinero a conveniencia. Descubrió, retorcido de la risa, que a menudo enterrábamos los coches durante un intervalo de tiempo en un lugar llamado “parking” y no lograba imaginar el tamaño real que tendría el generador de luz eléctrica que alimentaba las bombillas y farolas de las ciudades. Y, en fin…, había visto, ahora sí, ¡Europa!
A las pocas semanas de su llegada, Isa, cuyo formidable sentido de la orientación, acostumbrado al desierto, y su inaudita capacidad de caminar sin cansarse  le permitían moverse continuamente por toda la ciudad sin ayuda de nadie, se había hecho con unos jeans y algunas camisetas a la moda, más o menos, europea. Lucía ya unas portentosas gafas de sol, unas zapatillas Nike, no de imitación, y aprendió a posar con gesto altivo, distraído y superior para las fotos.
Uno de los mejores días fue aquel en que posó para la posteridad de su cámara digital acomodado ante el volante de un pequeño descapotable familiar luciendo todos y cada uno de los adminículos que acreditaban ante los suyos que el joven Isa, ese chaval que había sido esclavo hasta los 14 años en un caravanserai tuareg, había logrado poner sus dos pies en Europa y ahora podía lucirse entre los suyos, por eso mismo, como alguien muy especial dentro de su comunidad con sólo mostrar aquella imagen guardada en su teléfono móvil.

Mi amigo Isa en los alrededores de Tombuctú (Malí) antes de pisar España. (Foto: Pepe Arenzana)

Mi amigo Isa en los alrededores de Tombuctú (Malí) antes de pisar España. (Foto: Pepe Arenzana)

Es más, cuando le propuse imprimir sobre papel algunas de aquellas fotos, se le iluminó el rostro, quién sabe si con la secreta intención de regalarle a alguna hermosa chica de su pueblo una de aquellas estampas esplendorosas de su paso por las ‘nubes’ que otros sólo viven como un sueño.

Lo cierto es que el amigo Isa había superado ya ampliamente el permiso de seis meses concedidos para su estancia aquí y llegó el momento de que tomase una decisión. ¿Qué hacer? ¿Quedarse? A fin de cuentas, podría romper sus papeles y declarar ante la Policía, llegado el caso, que su nacionalidad era cualquier otra. También podría mentir sobre su llegada a España y ofrecer cuantas versiones contradictorias quisiera. Con ambos pies en España, nada ni nadie le habría impedido emprender camino hacia cualquier lugar de Europa y buscarse algún medio de mantenerse. Pero, ¡ay!, había otra opción para él demasiado tentadora…
Hablé con Isa sobre esto en numerosas ocasiones. Me pedía opinión cada semana y parecía atascado en un dilema que al principio este boniato no lograba comprender. Supongo que mis prejuicios estaban ejerciendo su tarea de demolición para no dejarme entender los matices y sutilezas que estaban actuando en su corazón y su cabeza ante semejante clase de disyuntiva.
¿Por qué no permanecer aquí?, le planteaba este boniato. De todos modos, él había logrado el sueño de muchos miles de africanos sin demasiado esfuerzo, gracias a un golpe de fortuna que le evitó un periplo despampanante, sin arriesgar la vida, sin jugarse nada.
Había llegado a París en un vuelo procedente de Bamako y luego había tomado otro vuelo hasta Sevilla como un turista cualquiera, con todos sus papeles en regla, para un período de seis meses. Ni siquiera consigo imaginar el asombro que debió producirle montar en avión por primera vez y pasearse luego por los interminables pasillos y terminales del aeropuerto Orly o el Charles de Gaulle. Sin ayuda de nadie, supo captar el modo de funcionamiento de esas mastodónticas instalaciones aeroportuarias, solventar los trámites aduaneros, salvar controles y encontrar a la hora fijada las puertas de embarque oportunas.
Fuera como fuese, su documentación en regla y su avispado instinto de supervivencia le habían permitido llegar a su destino sin un solo problema. Y si ahora regresaba a su alejada ciudad, a la polvorienta Tombuctú, al otro lado del mar y también al otro lado de un océano de arena, quizá no volvería a tener jamás otra oportunidad.
Estaba en Europa, era un desheredado más, como otro cualquiera, pero más capacitado que muchos otros para quedarse. Se había hecho con una red de ‘amigos’ dispuestos a prestarle alguna clase de ayuda ocasional. La barrera del idioma ya no era un problema para él. Ni en España, donde ya había adquirido un prodigioso perfeccionamiento de la lengua con sólo seis meses de asistir a clase,  ni en muchos otros países de la UE, cuyos idiomas manejaba cada vez con más soltura, incluido el francés y el italiano. Y había mejorado de forma notoria su nivel de inglés.
¿Por qué habría de querer volver a su punto de origen? ¿En qué cabeza cabía abandonar tan pronto lo que era ya, a todas luces, un inicio plácido y tranquilo de lo que para muchos otros es la etapa final de una aventura atroz? Pues bien, sé que  esto no será fácil de entender por casi nadie y que se presta a demasiadas interpretaciones falsas y casi nunca bien intencionadas.
Tampoco digo que las razones que llevaron a Isa a tomar su decisión puedan hacerse extensivas a todos los inmigrantes que intentan llegar hasta Europa, pero sí afirmo que sus motivos abarcan una buena porción del ramillete de sueños, reales o ficticios, que acumulan muchos de quienes desean entrar en Europa. Ni siquiera las advertencias de muchos de sus compatriotas ya instalados aquí conminándoles a que no vengan y haciéndoles ver que en estos momentos no es una buena idea y que poco o nada hay que rascar en la actualidad, les hacen desistir de su propósito, lo que demuestra, una vez más, que la percepción que en muchas ocasiones tienen de la realidad es, como no podía ser de otra manera, perfectamente maleable, hondamente subjetiva, construida a conveniencia y que desprecia incluso la sensatez con la que sus propios conocidos o familiares les alertan.
Y, ya digo, todo ello es legítimo, pues cualquiera de nosotros persigue siempre cosas que pueden parecer utópicas e inalcanzables. Soñamos a menudo boberías inconsistentes e incluso somos capaces de imaginar nuestras vidas futuras a bordo de un yate de nuestra propiedad, disfrutando de una vida holgada en nuestra Hacienda o circulando en un Ferrari descapotable por la costa. ¿Qué hay de malo en ello? ¿Por qué no soñar con imágenes tan complacientes e intentarlo, incluso con riesgos, si se presenta la ocasión? Sabemos que las probabilidades son escasas, pero incluso nos podría tocar la lotería, ¿por qué no? Y, además, cada cual puede fijar sus sueños donde quiera, ¿no es cierto?
Puede que cualquiera de nosotros sea capaz de imaginarse con un boleto premiado del euromillón en las manos y a partir de ahí pasemos a contemplarnos en escenas de viajes de placer interminable por hoteles y mansiones del Caribe. Y puede, también, que quienes viven en el África profunda no piensen en cosas semejantes y les baste con imaginarse integrados en una vida de aparente solvencia social.
Quizá les alcance con la sencilla idea de desenvolverse con soltura, vestidos a la usanza europea o norteamericana, en una sociedad repleta de lo que ellos creen las comodidades más excelsas: estanterías repletas de comestibles de mil colores a su disposición, tiendas de ropa, mujeres peinadas oliendo a rosas, hombres trajeados que parecen seguros de sí mismos y, quién sabe, dependiendo de su país o su región de origen, tal vez hasta podrían pensar en llegar a obtener, como cualquier ‘blanquito’, una de esas maquinitas que tienen en sus casas con las que fabrican dinero cada vez que lo necesitan…
Por supuesto, cómo no, ellos no tienen ni la menor duda de que, en tales casos, procederían a enviar a los suyos, a los que dejaron atrás, suculentas raciones de billetes que les permitirían ganarse una nueva posición social, más desahogada, más sobresaliente, más feliz. Pueden soñar que, gracias a ellos, los suyos quizá podrían alcanzar allí, incluso, algunos privilegios: abrir una tienda, acceder a una vivienda mejor, signifique esto lo que signifique, ayudar a los demás miembros de su clan o de su tribu, los cuales dispondrían a partir de entonces de personas a su servicio y se elevarían por encima del resto de su propia sociedad… Y en el fondo, no se olvide, el héroe de esa historia sería él.

Refugiado ruandés en la frontera con el Congo (Foto: LUIS DAVILLA)

Refugiado ruandés en la frontera con el Congo (Foto: LUIS DAVILLA)

El premio gordo de todo ese relato de benéficas consecuencias será, sin duda, regresar al escenario de partida y pasearse entre los suyos con el halo de un héroe griego. Eh, amigos, éste que veis aquí es el que lo ha logrado. Yo y mis santos cojones somos los repartidores de abundancia. ¿Acaso no comprendéis que soy yo el que está hecho de otra pasta? ¿No está claro que soy yo, y no vosotros, el ungido por ese halo que siempre creísteis reservado al hombre blanco? Sí, de acuerdo, mi piel es del color de siempre, soy de los vuestros y por eso sigo aquí pavoneándome entre vosotros. Para eso emprendí mi aventura. Y lo he logrado. Ahora calzo las zapatillas que todos habéis deseado tener siempre. Miradme bien, a mí, haceros a la idea: yo he estado allí y nadie me ha considerado un extraño por ser negro, por pertenecer a esta vieja tribu nuestra. Allí he logrado ser uno más, como ellos, cosa que vosotros, aquí, no lograréis jamás. Yo lo he hecho, hermanos. ¿No os parezco admirable?
Isa decidió regresar a Tombuctú. Y aquello, para mí, carecía de sentido…
Este boniato no podía creer su decisión y le mostró su desacuerdo repetidas veces. Así que, ¿queréis saber cuáles fueron sus razones?
Hablamos en muchas ocasiones y largo rato, ya lo he dicho, sobre cuál era su mejor opción. Al final de todas las poderosas elucubraciones, Isa guardaba para mí un as insospechado en la manga más oculta de su corazón.
Tantas horas de charla y de sesudas admoniciones y premoniciones sobre su futuro quedaron reducidas a cenizas cuando Isa me desveló que tenía que regresar con los suyos (entiéndase con los de su tribu, con los de su ciudad: todos) sólo para contarles lo que había visto, lo que había sentido… Se trataba de una pavorosa nerviosera, no exenta de pura y simple vanidad, que le empujaba con más fuerza que las olas del mar y que las tormentas de arena del desierto, para lucirse entre los suyos como un héroe y luego adornar los relatos de lo que había descubierto con todas las florituras de las que fuese capaz.
Regresaría, es cierto, con las manos casi vacías (unas fotos, unos trapos, quizás un móvil nuevo, unos adornos…), aunque, eso sí, luciendo ahora una nueva forma de vestir y un distintivo invisible pero perfectamente reconocible entre los suyos: ¡yo he estado allí! Soy distinto que vosotros, ¿os dais cuenta? Ahora, delante de todos, yo podré acercarme a un blanco, a un extranjero, con cierto privilegio, no sólo porque pueda hablarles en su idioma, sino porque algo me distingue de vosotros. Soy un líder, un nuevo aspirante legítimo a convertirme algún día en un patriarca de nuestra comunidad. El gran salto social es aquí, entre los nuestros.
Bueno, ni siquiera sabéis que allí no he sido nadie, no he logrado riquezas que enviaros, no tengo nada material que ofreceros, pero aquí me tenéis, soy uno de ellos, calzo unas zapatillas Nike que lo atestiguan y puedo vestir como cualquiera lo hace allí. Ahora puedo llevar aquí gafas de sol sin parecer un ostentoso presumido que desea distinguirse del grupo. No, no es eso. Es que ahora soy distinto y vosotros lo reconocéis, porque todos sabemos de lo que hablamos. ¿Acaso no está claro?
Yo, amigos, soy ahora un triunfador y he cambiado mi status dentro de nuestro arcaico grupo social. Objetivo conseguido. Valió la pena.
Bien, ya tenemos un buen amasijo de poderosas razones que empujan a miles de inmigrantes hacia el norte. Hay muchas más, por supuesto, pero esta que describe a Isa no es inferior a ninguna otra y, con toda seguridad, es infinitamente superior a la fantasía del hambre que muchos europeos emplean con tanta frivolidad como falta de respeto a la objetividad.
Las circunstancias y momentos pueden ser muy variados y en cada país de origen las razones pueden ser también muy diferentes, pero los motivos de Isa se encuentran prácticamente siempre, por separado o en amalgama, en el fondo de casi todos los que intentan dar el salto por las vallas de Ceuta y de Melilla.
Desbrocemos un poco más este asunto. Casi nadie conoce que esos inmigrantes que vemos en las vallas representan apenas entre el 2% y el 3% de la inmigración ilegal que traspasa las fronteras españolas. Es decir, entre el 97% y el 98% de la inmigración ilegal en España penetra a través del barco o del avión, con frecuencia desde terceros países, de dentro o de fuera de la UE, y haciendo uso de toda clase de resquicios legales que impiden la extradición, incluyendo, cómo no, los llamados ‘matrimonios de conveniencia’, o con pasaportes y documentación falsos, o abusando de las estancias temporales regulares… El caso de Isa, si hubiera decidido no regresar a su país, se habría convertido en un número más de esa estadística muy superior.
Ya tenemos, pues, que la inmigración ilegal que vemos en las vallas constituye un porcentaje ínfimo y corresponde a un tipo muy determinado de gente. Casi un ‘gang’ compuesto por tipos (hombres y jóvenes en su muy inmensa mayoría) empujados por muy variadas razones a emprender una aventura colosal.

La apariencia árabe puede convertirse en un salvoconducto. (Foto: LUIS DAVILLA)

La apariencia árabe puede convertirse en un salvoconducto. (Foto: LUIS DAVILLA)

¿De dónde proceden? En este punto, no habría sido superfluo que nuestros ‘redentores’ hubiesen prestado algo más de atención en las clases de geografía universal, si es que alguna vez se lo exigieron y sus profesores no se limitaron a recordarles los afluentes del Genil, de capital importancia, como todo el mundo sabe, para desenvolverse en este planeta y más aún en este ridículo territorio de autonomías tribales y de comunas con campanario en el que algunos están queriendo convertir a España.
Salvo excepciones coyunturales que iremos viendo, es una evidencia que los inmigrantes allí reunidos (por alguien) son todos de la misma raza, aunque de muy diversas etnias y sustratos culturales, y proceden indudablemente de países que suelen englobarse con la expresión, tan políticamente incorrecta que a algunos les parece sacada de Tintín en el Congo, de “África Negra”.
La mayoría, sí, provienen de países del África occidental, por encima del gran Golfo de Guinea, mayormente de aquellos países limítrofes o más cercanos al gran Sahel, aunque en ocasiones, dependiendo de hecatombes de d¡verso significado, aparezcan miembros de lugares tan exóticos y alejados como Burundi, Eritrea o el Congo.
En un recuento no muy exhaustivo de los acogidos en el CETI de Melilla publicado por la prensa española en estos días, la cifra más abultada corresponde a Malí (270), seguidos de Guinea Conakry (unos 200), Siria (150), Camerún (unos 120) y otros varios países, como Guinea Bissau, Nigeria (ojo, no confundir con Níger), Chad, etc. Pero hay que anotar de inmediato que no todos los alojados en los CETI de dichas ciudades corresponden a asaltantes de las vallas. Por ejemplo, ni uno solo de esos sirios mencionados ha accedido a las dos ciudades españolas de ese modo, sino aprovechando la ventaja que les da su apariencia étnica y, mayormente, adquiriendo documentación falsificada en Argelia o en Marruecos, a menudo difícil de detectar.
¿Con cuántos de todos esos países tiene firmados el Reino de España alguna clase de acuerdo marco o tratado en materia de inmigración o, dicho en plata, de repatriación? La cosa es bastante simple, pues los acuerdos firmados por España se reducen a los siguientes: Marruecos, República de Argelia y Mauritania, en el Magreb; Gambia, Guinea-Bissau y Guinea-Conakry, en el gran Golfo;  las islas de Cabo Verde, allá en alta mar. Fin del cuento.
A partir de eso, ya podemos imaginar que los inmigrantes que se confiesen motu propio gambianos o de Guinea-Bissau serán más escasos no sólo por tratarse estadísticamente de países con una población más pequeña, sino porque negarán por todos los dioses de su tribu provenir de ninguno de ellos. En Guinea-Conakry, en cambio, la población es unas diez veces superior a la de los dos anteriores (unos 12 millones de habitantes) y su acuerdo  de cooperación con España en materia de inmigración está más actualizado con la normativa comunitaria, de modo que su presencia estadística es mayor, pero, como en los otros dos casos, su identificación policial siempre estará sometida  a la acción especulativa, pues ellos suelen quemar o enterrar sus pasaportes momentos antes de emprender cualquier intento de asalto a las vallas de la discordia para luego, conseguido el objetivo, declararse del país que mejor les parezca.
Hasta la fecha, aunque esto ahora pretende ser modificado en la Ley de Extranjería, cualquier ciudadano que pise con ambos pies un trocito de territorio español (les basta dejarse caer desde lo alto de una de las verjas) no puede ser expulsado, máxime si cuando llegue ante la Comisaría más cercana alega que su nacionalidad es la de cualquiera de esos otros países con los cuales no existe tratado en materia de inmigración. Para mentir pueden elegir casi cualquier país del continente. Si ancha es Castilla, más ancho aún es el mapa del continente africano… Camerún, Ghana, Chad, Burkina-Fasso, Togo, Nigeria, Liberia, Costa de Marfil, etc.

En las vallas de Ceuta y de Melilla, los inmigrantes son de raza negra, nunca árabes. (Foto: LUIS DAVILLA)

En las vallas de Ceuta y de Melilla, los inmigrantes son de raza negra, nunca árabes. (Foto: LUIS DAVILLA)

En las últimas semanas, este asunto ha vuelto a ser objeto de cierta polémica a raíz de que algunos de los africanos que se echaron a nado para entrar en Ceuta hubiesen sido puestos a disposición de la policía marroquí, al otro lado de la valla, después de haber alcanzado la playa ceutí de Tarajal. El Ministerio de Interior ha apelado a cierta interpretación de un concepto jurídico oscuro y resbaladizo al que ha denominado ‘unidad de actuación’, pues no se trataría de alguien que ha logrado entrar, sino más bien de alguien que ha sido capturado y al que han tenido, en un solo acto, que hacerle pisar suelo español para tramitar su devolución al punto de partida.
En Florida, por ejemplo, la ley establece que si un extranjero (en especial cubano) alcanza tierra firme o cualquier estructura conectada de manera fija a tierra firme, ha de ser acogido en el país. Si, por el contrario, es detenido por la policía o por la guardia costera siquiera a medio metro de la misma, será capturado y repatriado, a no ser que logre convencer a los polis allí mismo y sobre la marcha de que su vida se encuentra en peligro cierto por razones políticas si lo devuelven a su país de origen… Y, por supuesto, si no consigue armar un relato fiable y convincente de ello, el capturado pasará por las dependencias de extranjería necesarias, en tierra firme, antes de iniciar su devolución. A nadie se le ocurrirá alegar que en ese preciso instante está en suelo estadounidense, pues, aunque es cierto, lo está en calidad de detenido, en tránsito, por intento de entrada ilegal.
Como es obvio, los súbditos de los otros tres países mencionados con acuerdos en materia de inmigración con España (marroquíes, argelinos y mauritanos) lo tienen más fácil o bastante más crudo, según se mire: la raza, entre otras cosas, les delata, y pueden ser devueltos sin excesivas contemplaciones conforme al protocolo que estipule cada uno de los respectivos acuerdos firmados por sus gobiernos con España. Aunque, a cambio, sus posibilidades de atravesar la frontera con documentación falsa por cualquiera de los puestos fronterizos son, por idénticas razones, mayores, y es una vía mucho más frecuente de entrada. Es fácil entender por qué no existen jamás inmigrantes de esa nacionalidad entre los asaltantes de las vallas.
El cinturón de elementos definidores de los asaltantes de Ceuta y de Melilla se estrecha. Pero aún nos espera lo mejor.
(To be continued)

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