Pepe Arenzana

Historias de un Boniato Mecánico (A Clockwork Sweet Potatoe's Stories)

Arriba de la selva

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Buena parte de los escenarios naturales de la película de Spielberg “Jurassic Park” pertenecen a Costa Rica, región casi virgen situada en la parte más estrecha de ese cordón umbilical que durante miles de años unió a dos inmensos continentes entre hemisferios y que quedó roto mediante la sutura del Canal de Panamá: “El continente dividido, el mundo unido”, proclamó de manera gráfica algún político en la inauguración de dicha vía de agua que ahorra 7.000 kilómetros en el trayecto entre Londres y Tokio.

Como una extraña culebra, el istmo de Panamá, territorio que se independizó de Colombia en 1903, once años antes de que quedara inaugurado el Canal, se estrecha y prolonga la larga cordillera andina que se retuerce aquí como una columna vertebral boscosa, verde y virginal. Casi el 20 por ciento de la extensión de Costa Rica está ocupada por una decena de Reservas Biológicas y más de 30 Parques Naturales, incluyendo dos parques declarados Patrimonio de la Humanidad por la Unesco, el de la Isla del Coco y el Parque Internacional La Amistad, éste último de casi 200.000 hectáreas dentro de las fronteras costarricenses y algo más en territorio panameño, el cual da cobijo a más de cien especies de mamíferos, 400 especies de aves, casi 500 de mariposas, 263 de anfibios y reptiles y más de 2.500 especies de plantas. En Panamá, por su parte, se encuentra, además, el Parque Nacional de Darién, en la zona límitrofe con Colombia.

No es extraño, pues, que ambos países dediquen muchos esfuerzos a la adecuada protección y conservación de tales áreas, pues representan una importante fuente de ingresos por vía del turismo. A tal efecto, en varios de estos parques se están llevando a cabo en los últimos años iniciativas muy originales que permiten adentrarse con toda comodidad y sin grandes sobresaltos en la espesura selvática para contemplar la fauna y flora de la jungla en todo su esplendor.

Panamá City, la capital, de poco más de medio millón de habitantes, se encuentra al borde del Océano Pacífico. Sólo a 15 minutos del “downtown” de enormes edificios, envolviendo casi por completo los rascacielos de la ciudad, se encuentra el Parque Nacional Soberanía. Aquí, entre la floresta inmensa, se encuentra el Hotel Canopy Tower, al que se llega en apenas media hora por húmedos y sombríos caminos de la jungla panameña.

El Canopy Tower es una antigua estación de radar norteamericana que fue inaugurada a mediados de los años 60 para vigilar la zona del Canal y que permaneció en uso hasta mediados de los 80 como punto de observación y seguimiento de los vuelos sospechosos de transportar droga procedente de Colombia. Tras el acto de traspaso de soberanía firmado entre el general Omar Torrijos y el presidente estadounidense Jimmy Carter en 1977, mediante el cual quedaría en manos panameñas el control del Canal a finales de 1999, esta torre pasó a manos de un consorcio privado que en 1996 la convirtió en un exclusivo hotel integrado en la selva y que permite la observación directa y cercana de pájaros exóticos en su habitat y de muy diversas especies de animales, convirtiéndose así en un lugar de privilegio para naturalistas y aficionados de todo el mundo.

Todo en el Canopy Tower está estudiado para la contemplación y disfrute de la naturaleza, hasta el punto de que sus diseñadores prescindieron de la instalación de aire acondicionado para evitar ruidos y fuentes de contaminación ambiental añadidas. En lo más alto de la torre, por encima de las copas de los árboles, se encuentra la terraza de observación y el hotel ofrece servicios de guías especializados para recorrer los alrededores por caminos recónditos y oscuros, a la búsqueda del esquivo pájaro quetzal que deificaron las culturas maya y azteca, de los imponentes tucanes con picos como de madera y los inmensos guacamayos con el plumaje de cien brochazos coloristas. Las ventanas deben permanecer cerradas la mayor parte del tiempo si uno no quiere ver invadida la habitación por monos juguetones capaces de deshacerte el equipaje y de desgraciarte o hacerte desaparecer el equipo fotográfico. De nada vale poner denuncias en la policía para que atrapen al “ladrón”.

Tanto en Panamá como en Costa Rica existen varios parques con servicios de teleférico que permiten sobrevolar pequeñas zonas de selva, convertidos en torpes pájaros discurriendo por las alturas de árboles de 30 metros. Sin embargo, en la Reserva Biológica de Monteverde, al norte del país, muy cerca del volcán Santa Elena, uno de los más activos del planeta, de 1.633 metros de altura y erupciones que tiñen de rojo incandescente su cumbre durante la noche, han puesto en marcha un proyecto singular que consiste en un largo recorrido sobre puentes colgantes a más de 40 metros de altura, atravesando la floresta espesa y verde, así como la posibilidad de emular a Tarzán mediante el llamado “skytrek”, una forma de deslizarse a través de cables de acero, de una torre a otra, colgado como una morcilla móvil, imitando los desplazamientos entre los árboles de los simios de cara blanca y de los loros.

Como es fácil imaginar, conviene no padecer de vértigos para realizar este tipo de excursión, aunque se tiene la sensación de que si alguien cae lo hará sobre el mullido colchón verde de la tupida selva que lo envuelve todo. Tampoco conviene olvidar los consabidos repelentes contra los mosquitos y se recomienda llevar utensilios elementales de absorción urgente de venenos para el caso excepcional de una picadura de serpiente, cosa bastante improbable de todos modos, pues sólo un número reducido de ellas son venenosas y tampoco es que se pirren por colocarse a tanta altura ni en medio de estos extraños caminos colgantes abiertos por el hombre.

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