Pepe Arenzana

Historias de un Boniato Mecánico (A Clockwork Sweet Potatoe's Stories)

Alma de Frankenstein

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Afirma cierto prócer de la patria que “cuando las consignas políticas entran por la puerta de los medios públicos, la democracia, el periodismo y la decencia salen por la ventana”. ¡Cuánta verdad, cielo santo! Ocurre, claro está (y esto parece haberlo olvidado el prócer), que el hecho desacredita más a quien da y auspicia las consignas que al que las recibe, obligado, al fin, a aceptar la verdad impuesta por quien ejerce un poder desmesurado.

Cabe señalar, no obstante, que quien lo afirma, antes de ser transformado por el Dr. Frankenstein-Zarrías en singular criatura de la naturaleza, ejercía como periodista. Tras el incruento y necesario trasplante al que fue sometido (por el mero gusto de convertirse en quien da las consignas y no ser, ni por un minuto más, el que las recibe), el prócer parece desmemoriado, así que tal vez resulte oportuno refrescarle algo, amén de preguntarnos qué otras partes de su cuerpo fueron capaces de conservar sus fabricantes, si la ética, los pies o las entendederas.

Tengo mis dudas, no crean, aunque en las sienes parecen adornarle dos tornillos evidentes (obvios como consignas) y dicen que en su caminar mecánico y su parpadear repetitivo se adivina cierto como automatismo, quizá secuelas de una consigna viral mal incorporada al software que le reinstalaron. Su tono de voz, chirriante e impostado, hace presagiar lo peor, pues se diría que es la parte más sensible (la que recomienda no faltar a la verdad) la que pudiera haber sufrido mayores daños. Sin descartar que el hueco que aloja, por lo general, la glándula de la ética, se lo hayan rellenado con algodones empapados en formoles, acetatos y siliconas. El fallecimiento de Steve Jobs complica las cosas, pues se necesitaría un genio para reparar el desaguisado.

A buen seguro sabe el prócer, por ejemplo, que “en la guerra, la primera víctima es la verdad”, pero ocurre lo mismo cuando se ostenta el poder y se tiene pánico a perderlo. No se puede estar acongojado por las encuestas y a la vez dispuesto a cambiar las reglas del juego justo antes de que termine la partida, que es lo que acaba de hacer el PSOE en Andalucía para privar a los exitosos alcaldes populares de las capitales andaluzas de sus actas de diputados.

Pero la avería parece aún más seria. A Frankenstein se le han pelado los cables y anda pegando chispazos y echando humo por las orejas, ahora con una proposición no de ley que pretenden llevar al Boja para otorgar al Consejo Audiovisual de Andalucía la capacidad de sancionar a las televisiones y radios públicas que no cumplan vaya usted a saber con qué criterios de pluralismo. Seguro que el prócer nos diría cuándo empieza y dónde acaba el pluralismo necesario. Una nueva consigna. Política, por más señas. Y pronto vendría algo similar para las maltratadas emisoras privadas.

No hay que ser muy sabio, claro, para averiguar que eso es lo que lleva pretendiendo desde el CAA la reconocida y ostensible militancia que compone el Órgano supremo de la independencia y la neutralidad. Sabido es que para ser consejero del CAA no hace falta siquiera renunciar a la militancia en el partido correspondiente, así que, si de consignas hablamos, imaginen lo que allí se cuece. Pasen. Pasen y vean. Y pregunten por los militantes.

Supongo que lo que invoca el prócer, olvidada la deontología profesional que le fue exigible un día, es que sus conmilitones socialistas en el CAA, bajo el oropel y la túnica de una independencia oblicua y predeterminada, ejerzan la capacidad sancionadora sobre aquellos medios desafectos que al parecer ahora le amargan la existencia. Nada de ello le parecía necesario al prócer cuando era su partido el que gobernaba la mayoría de los ayuntamientos importantes en Andalucía.

Mas ahora que quienes gobiernan son alcaldes del PP, de IU o del PA, en coaliciones o por separado, la consigna es la que Catón el Viejo repetía al final de sus discursos en el Senado durante las Guerras Púnicas: “Delenda est Carthago” (“Hay que destruir Carthago”). Y los suyos, seguro que encantados de llevarlo a cabo. Confío en que Frankenstein no me haga enumerarle ejemplos, porque a algunos nos da la risa floja sólo de pensar en el caso de una TV local cuyo único presentador es el propio alcalde socialista y los entrevistados sólo altos cargos de su partido. Ni tampoco recordarle los pronunciamientos de la Junta Electoral sobre la RTVA.

Así las cosas, ya le aviso que este consejero, en defensa de la Constitución y de la decencia, podrá dar su opinión sobre cualquier asunto que incumba a este Consejo, pero no prestará su apoyo a sanción alguna en cuestiones que atañen a la libertad de expresión y al derecho ciudadano a la información, extremos que sólo pueden ser juzgados por los Tribunales de Justicia.

Haga lo que estime necesario el prócer para poner en marcha sus consignas, pero sepa que, de sólo adivinar su cínica intención,  lo que ha saltado ya por la ventana son los derechos fundamentales recogidos en el Título I de la Constitución, además de la libertad y la vergüenza de los ciudadanos.

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