Pepe Arenzana

Historias de un Boniato Mecánico (A Clockwork Sweet Potatoe's Stories)

El señor de los castillos

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El Escritor Juan Eslava Galán acaba de publicar un recorrido novelado por la ruta de los castillos y de las batallas que discurre entre Almagro y Granada. Así pues, Eslava, que ya tenía otro libro sobre “Castillos de Jaén”, es el verdadero y único acreedor al título de “el señor de los castillos” en España. Sin embargo, estas construcciones de origen medieval son una genuina seña de identidad en muchos otros lugares del mundo. De Escocia a Omán, en el Golfo Pérsico, donde las llevaron los portugueses, y de Irlanda hasta China, pasando, cómo no,  por el Valle del Loira, en Francia, y por Centroeuropa, muchas fortalezas soberbias, ocultas, arruinadas o altivas se esparcen por parajes esquinados y embellecen lugares insólitos.

Por alguna extraña razón, en España, que cuenta con numerosos castillos como consecuencia de la larga guerra fronteriza de reconquista, muchos permanecen en el olvido y en estado de semiabandono, cosa que no ocurre en lugares como Escocia, donde a la enorme variedad de castillos asombrosos se une su excelente estado de conservación.

Irlanda es otro país europeo que ha sabido recuperar y conservar buena parte de sus fortalezas medievales, muchas de las cuales remontan sus orígenes más allá del año 1000. En ellas hay ahora museos, oficinas de turismo, salones de celebración, fiestas al estilo medieval, mansiones privadas o bien hoteles espléndidos que cortan la respiración.

El pasado mes de junio, dos semanas antes de la celebración de la última Cumbre Euro-norteamericana que se ha llevado a cabo en Irlanda, a la que asistieron, entre otros, el presidente de EE.UU. George W. Bush y el de la UE, Romano Prodi, pasé unas horas en Dromoland Castle, lugar previsto para dicha reunión. No me extraña que eligiesen este lugar, pues se trata de uno de los hoteles de cinco estrellas más exquisitos de Europa. A sólo unos kilómetros del aeropuerto de Shannon, en las afueras de Newmarket-on-Fergus, entre Ennis y Limerick, al sur de Galway, Dromoland Castle es un lugar desenchufado de las tensiones y los espasmos modernos. Rodeado de un magnífico campo de golf, con lagos de cisnes, un bosque de 140 hectáreas (340 acres), largos paseos de césped con grutescos y merenderos, cotos de caza y pesca, un lujoso spa y recorridos a caballo, además de delicadas atenciones como de la era victoriana, Dromoland Castle conserva en sus salones ese aire decimonónico y lejano que impresiona tanto como el precio de su suite presidencial en temporada alta (1.245 euros por noche).

Un poco más al sur, en Adare, una de las localidades más bucólicas de Irlanda, está Adare Manor, elegido en 2002 por los lectores de la revista Condé-Nast Traveler, la más prestigiosa del sector, como el “Number One European Resort”. La belleza de sus jardines, sus escalinatas y terrazas sobre el curso de un modesto riachuelo, sus 340 hectáreas (840 acres) de bosque y praderas, aptas para la tradicional caza del zorro, sus increíbles alrededores con tres monasterios (trinitario, agustino y franciscano de los siglos XIII, XIV y XV, respectivamente), su campo de golf o sus impresionantes caballerizas son algunos de los distintivos de Adare Manor.

La lista de castillos esparcidos desde Galway, la capital del oeste irlandés, hasta el condado de Cork, en la costa sur del país, atravesando el llamado “anillo” del Condado de Kerry, parece infinita. A cada paso hay pueblos que incorporan el sufijo “castle” a su nombre (Gregorycastle, Castletownshend, Castletownbere, Castleisland…) o indicadores que dan cuenta de nobles y originales castillos (sólo a veces en estado ruinoso) envueltos en un remanso de verde paz.

Recorrí durante varios días las sinuosas penínsulas que, cortadas a cuchillo por largas bahías como fiordos, se multiplican por la costa oeste irlandesa. Aunque las ensenadas son de corta anchura, no es fácil trasladarse de una península a otra, dado que por carretera te ves forzado a recorrer bastantes kilómetros para salvar las profundas ensenadas que se adentran en el mapa.

Al salir de Galway,  a 27 kms. de la ciudad, el primer castillo que encontramos fue el Dunguaire Castle, del siglo XVI, que toma su nombre de una fortaleza cercana que perteneció al rey de Connaught en el año 662. Situado junto a una laguna marina y perfectamente conservado en su interior, es, no sólo visitable, sino que se alquila para celebraciones y banquetes. Unos 50 kms. más abajo, en la costa a mar abierto, aparecen los impresionantes acantilados de Moher, de unos 200 metros de altura, que te mostraré otro día. Coronando esos “cliffs” (acantilados) se levanta un modélico torreón que se empequeñece ante la grandiosidad del paisaje. Y ya cerca de Dromoland Castle aparece el Bunratty Castle, construido en 1270, una sólida fortaleza de cuatro torres apretadas junto a un pequeño parque que reproduce distintas facetas del costumbrismo medieval.

La lista, como ya he dicho, resultaría infinita y van ganando en variedad y originalidad según nos acercamos al Condado de Cork, en el sur, pero es obligado mencionar, entre muchos, la delicadeza de líneas de Ross Castle, en la hermosa ciudad de Killarney, junto al Lago Leane, así como el enorme King John’s Castle de Limerick, la apartada belleza de los jardines y de la fortaleza de Glenveagh Castle, en el Condado de Donegal, o el romanticismo de torreones como el de Doonagore Castle, en Doolin, o del bastión abandonado a la entrada de la bahía de Dingle. En la costa oeste de Irlanda parece fácil rodar una nueva versión de “El señor de los… castillos”.

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