Pepe Arenzana

Historias de un Boniato Mecánico (A Clockwork Sweet Potatoe's Stories)

Los huevos de pato

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Aseguran los expertos que los patos han perdido parte del instinto natural para incubar sus huevos y, cada vez más, al contrario que otras muchas aves, acostumbran a ponerlos (las hembras, claro está) donde les viene el apretón, de manera arbitraria, lo mismo en un lago que en un barranco, cual deposiciones caprichosas y ahí quedó.

Entre quienes ocupan el poder se extiende parecida actitud. Sabíamos que en este país le das una gorra de plato a un quidam, a un tarugo, y en dos minutos se siente capitán general con mando en plaza. Y encima ejerce. O lo pretende. Quizá por ello vemos deambular a tantos políticos, iluminados con la extravagancia propia de estos bichos, repartiendo picotazos a diestra o a siniestra, ya se sabe, y poniendo su huevo donde les apetece. Tan de repente, tan dádiva caída, que diría Salinas, que incluso se sienten orgullosos de su propia “caprichosería”. En realidad se trata del huevo torpe e insensato de su santa voluntad, convencidos, como están, de que la arbitrariedad desde el poder les sale gratis total.

Dejan caer sus huevos de manera tan impune y aleatoria como les dicta la soberbia. Sancionan lo real y lo irreal a mano alzada, como el Ministerio de la Verdad de Orwell. Lo mismo se gastan una pasta gansa (otra palmípeda) en lujosos vehículos protocolarios, o en fuegos artificiales ‘de género’, que se pasan los informes de la Fiscalía por el arco o manipulan los presupuestos generales (con rango de ley, como es sabido) para adaptarlos a su gusto y sin justificar. Y todo ello, según doctrina peculiar establecida por una subespecie netamente regional, “es inherente al cargo”.

En Andalucía, los patos aplican una versión señera y formidable cual es la de la doble vara de medir. Es decir, ponen sus huevos donde les viene en gana. Y los demás…, pues también donde ellos dicten. Es lo que pretenden. Tal vez eso explique por qué el Consejo Audiovisual de Andalucía, desde su puesta en marcha hace tres años y medio, ha modificado no menos de media docena de veces sus normas internas, las reglas de juego y los procedimientos (con mi voto en contra, desde luego). ¿Para qué? Muy fácil: para que el pato pueda poner los huevos a su antojo y donde le apetezca. ¿Que la ley lo impide? No importa, lo votamos. ¿Que se atropella a la razón, como reza el tango? Qué más da, si somos mayoría y además nos sale gratis. ¿Respeto a la lógica o a las minorías? ¡Que se callen! ¡Es que esta gente no se entera! ¡Aquí mando yo! ¿Soy o no soy yo minoritario? Pues eso: por mis huevos. De pato, claro.

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